Hola, hola! Cómo están?
Acá, pasamos a dejarles esta bella reflexión de un compañero de la carrera que escribió sobre su propia experiencia con la repitencia.
Esperamos que, al igual que a nosotras, les ayude a reflexionar sobre la misma.
Qué lo disfruten mucho!
Cariños a tod@s.
Marce y Ceci.
***
Publicación
de un residente de la carrera de Ciencias de la Educación de la UNSJ/FFHA,
luego de haber culminado su práctica docente en esta facultad.
***
Me digo a mi mismo: aquí está el
“burrito”, el que repitió tercer grado, el que se fue al extraordinario en el
cursillo de ingreso a la universidad, el que tenía que leer muchas horas el
mismo texto para comprenderlo.
Aquí está el pibe de 19 años que abandonó
la carrera por tres años porque soñaba con ser pobre, ser hermano, por seguir
las huellas de Francisco. Aquí está el niño de 8 años que no podía avanzar, el
niño repitente, el niño que sentía vergüenza al ir la escuela por ser el
portador de orejas grandes y largas que aunque invisibles las arrastraba y
pisaba de día y de noche.
Era ese niño que respiraba
profundamente y se tragaba el llanto cuando veía como sus compañeritos habían
avanzado de grado y él aun estancado y con nuevas personas, siempre con la
cabeza gacha ocultando el dolor y el enojo bajo el blanco alba del guardapolvo,
siempre planchado, siempre limpio y perfumado por las manos de mi madre.
Es que de niño es difícil entender
las violencias de los adultos. Es que yo no quería repetir, yo simplemente era
un niño que no estaba atravesando por un buen momento. Era un niño que sentía,
un niño que demandaba atención, no me preguntaron si quería repetir, es que
parece que desde niño siempre fui “raro”, “especial” como muchas maestras
y adultos me decían.
De niño jugué mucho tiempo al
maestro, sí, mucho tiempo…me decían en la familia “el maestro ciruela”. Tal vez
encontré un gran refugio en un gran maletín archivado en la despensa, un
maletín negro, muy grande para un pequeño de baja estatura, un maletín que se
transformó en una maleta, la maleta del refugio, la maleta de los juegos, la
maleta de las esperanzas, la maleta que arrastraba por todo el barrio, maleta
llena de papeles y más papeles que simulaban pruebas que corregía, es que
los juegos de los niños no son inocentes, son esa puerta para conocer lo que
realmente sienten en sus corazones.
Es difícil siendo niño adaptarse a 4
escuelas distintas, en provincias distintas, en contextos distintos, en
culturas distintas, en gestiones distintas. Hoy viajé muy lejos y no tanto,
pues se me hace difícil no volver a acariciar la herida fundante, la causante
de que hoy esté aquí parado.
Es que no soy un ejemplo ni mucho
menos, quiero ser hoy el representante de todos aquellxs que portaron y siguen
portando las “orejas invisibles”, aquellxs que llamamos “burrxs”, aquellxs a
los que “no les da la cabeza”, pues saben que; llamenme burro, ya no me duele,
porque aprendí que siempre seré un “burro inteligente”, pues todos somos
inteligentes, pero sin grandes teorías que me justifiquen, hoy quiero
representar a todxs aquellxs que se sienten sin cabeza, a todxs aquellxs
excluidxs del sistema, hoy quiero hacer un acto de justicia por todxs los
fracasos escolares, por todxs aquellxs que luchan por sus sueños y sus ideales,
por todxs aquellxs que luchan por su derecho a la educación.
Por los invisibles, por los pobres,
por lo repitentes, por todxs aquellxs que se sienten oprimidos, que sienten que
no pueden continuar.
Gracias Marce y Ceci por compartir...Cariños. Lidia
ResponderEliminar